martes, 9 de junio de 2015

UNA PRINCESA DE MARTE — EDGAR RICE BURROUGHS

Arte: Michael Whelan
Entre las virtudes de la Revolución Industrial cuentan la explosión demográfica y la extensión de la educación a las masas obreras. Un número creciente y potencial de lectores (saber leer no significa querer hacerlo) empezaba a exigir variedad de títulos, multiplicando las oportunidades para los escritores, merced a avispados editores.

El gusto comenzaba a variar. La Cultura dejaba de ser un intocable privilegio preferente de unos pocos. El populux que sabía leer comenzaba a acceder a esos ilustres salones pseudofeudales reservados, y la evasión de masas empezó a adquirir cierta conciencia de sí misma, que la urgió la necesidad tanto de evolucionar como de dignificarse.

La plebe, sin embargo, continúa pretiriendo sexo, casquería y comadreo, mientras las elites se han atrincherado aún más en la numantina defensa de la Cultura, transformándola en un sibaritismo exclusivo/excluyente que aúpa hacia lo inmarcesible según qué arte u obra (ópera, ballet, poesía…), en tanto abomina del resto, fabricando etiquetas despectivas en el intento de destruirlo tras previo desprestigio.

Edgar Rice Burroughs hace una
confesión: "Escribo lo que me
dicta el loro. Es el genio
."
Aprovechando, empero, esa eclosión de la lectura entre las clases humildes, nacen las revistas pulp, que adquirirán su prestigio y madurez durante Década 30. Edgar Rice Burroughs, un fecundo e imaginativo personaje que practicara infinidad de oficios dispares, sabrá barrenar este filón, como H.G. Wells, o Sir Arthur Conan Doyle, lo harían en Gran Bretaña.

Burroughs se da a conocer mediante las entregas de lo que podemos definir el primer space-opera maduro. A voleo, se citaría que Johannes Kepler o Von Müchhausen ya “volaron” a la Luna, sosteniendo algún tipo de andanza allá con sus exóticos nativos.

Burroughs, empero, ensancha la grieta. Traslada a un bravío, pero misterioso, oficial confederado, John Carter de Virginia, a las graves planicies de Barsoom, un fantabuloso planeta Marte que, con rigor actual, puede definirse como un Camelot fetish. (Esto habla mucho —o nada; pudo ser mera ocurrencia— sobre las fijaciones sexuales del autor.)

Burroughs, uno de los activos padres de la ciencia ficción y pilar de la literatura pulp, sin embargo no creía en absoluto en el género. Escribir “disparates” sobre marcianos en cueros, pero embridados por correajes estratégicamente ubicados, combatiendo ancestrales enemigos, o alimañas nativas de aspecto peculiar, era forma cómoda de ganar dinero.

Portada primera edición. Muy
distante del vigor y sensualidad
que a las figuras daría el gran
Frank Frazetta
Mucho mejor que buscar azarosamente oro en California, o Canadá, o guiar reatas de mulas cargadas de pertrechos por Arizona, expuesto a tiroteos o robos en esos desolados pagos.

Burroughs tenía, puede intuirse, ambiciones burguesas, y se entregó a satisfacerlas apasionadamente. Obtener cierto crédito escribiendo aquellas tonterías que habían cautivado a un llamativo delta de lectores, lo alejaba de la intemperie o los saqueos. Como Stephen King afirma, la mejor literatura sale del estómago (de tener que llenarlo). Esta lucha por no perder sus comodidades hace al “ambicioso” Burroughs escribir sin parar duelos de capa y espada y romances interplanetarios en un marco característico de novelas de caballería. (Así debe describirse su epopeya marciana, de moderna novela artúrica.)

Personas acomodadas han producido clásicos y obras maestras, sin duda. El talento, como la Muerte, no efectúa discriminaciones. Pero el factor ‘necesidad’ prima considerablemente en la producción. La ‘ambición’ de Lester Dent, que ve en Doc Savage manera de ganarse bien la vida, no es la de algún autor respaldado por una opulenta fortuna.

Este material es fecundo para
dibujantes; versión de los protas
de Alex Niño
El primero escribe porque es su trabajo y medio de sustento; el segundo lo haría como por capricho.

Esto describe la trayectoria de Burroughs. A golpes de fértil (aunque, con frecuencia, disparatada) improvisación, encajados con cierto esfuerzo en el continuo de la saga, Burroughs obliga a su galante caballero virginiano a superar las penalidades de un hedonista mundo nudista moribundo a punta de sable. Gorilas blancos gigantes, Hombres Verdes, vagabundos de los secos fondos oceánicos marcianos (y trasunto de los pieles rojas norteamericanos), Hombres Rojos que mantienen fresca la flor de la caballería y la bellaquería más folletinesca, amores límite… Da igual. ¡Lo que sea!

Es la guerra contra la miseria, no dormir entre lobos, sino en cómoda cama. La fiebre creativa de Burroughs se dispara, componiendo una colorida oda a la aventura, la camaradería y lo que Dent luego perfeccionaría: el viaje de las tres mil millas. El problema empezaba aquí, y terminaba en la otra cara de Barsoom. Entre medio, ¡chico! Qué viaje.

La supersexy Dejah Thoris de Adam Hugues
Una princesa de Marte acusa la impericia de Burroughs. Parte del comienzo aburre y atenta el deseo de querer proseguir leyéndola. Pero cuando sumerge a John Carter en el Camelot marciano, las cosas ganan color y empiezan a mirarse, con más tolerancia, los distintos e inventivos disparates y ocurrencias que el escritor acuña.

La indecisa suerte sobre la continuidad de John Carter y su saga interplanetaria fuerza al autor a darle un final dramático y quasiautoconclusivo. A su favor tuvo que la masa lectora popular de la Revolución Industrial expresara hambre de fantasía. Y allí estaba Burroughs para saciarla.